REALIDAD Y FICCI�N FILOSOF�A, LITERATURA, ARGUMENTACI�N, CIENCIA, ARTE
lindaraja REVISTA de estudios interdisciplinares y transdisciplinares. ISSN: 1698 - 2169
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Pol�tica
CINCO FRAGMENTOS PARA UN DEBATE SOBRE SUBJETIVIDAD POL�TICA*
Manuel Alejandro Prada L. ** Alex�nder Ruiz Silva***
Si no hay sujeto se evapora la posibilidad de que haya una acci�n que transforme el orden vigente y d� un sentido responsable al devenir
N�stor Garc�a-Canclini
Un hombre que cultiva un jard�n, como quer�a Voltaire. El que agradece que en la tierra haya m�sica. El que descubre con placer una etimolog�a. Dos empleados que en un caf� del Sur juegan un silencioso ajedrez. El ceramista que premedita un color y una forma. Un tip�grafo que compone bien esta p�gina, que tal vez no le agrada Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto. El que acaricia a un animal dormido. El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho. El que agradece que en la tierra haya Stevenson. El que prefiere que los otros tengan raz�n. Esas personas, que se ignoran, est�n salvando el mundo
Jorge Luis Borges (Los justos)
Para saber por donde andamos�
En el inicio de El espinoso sujeto, Slavoj Zizek da cuenta del atolladero que evoca la idea de subjetividad: �Un espectro ronda la academia occidental... el espectro del sujeto cartesiano� (2005: 9). El atolladero se vislumbra cuando uno se interna, por ejemplo, en los espesos bosques de la antropolog�a filos�fica o de la filosof�a pol�tica y descubre que gran parte de los desarrollos contempor�neos se hacen a la sombra de este sujeto, ya para denigrarlo, ya para exaltarlo. Las razones de semejante disputa �entre cartesianos reconocidos o vedados y postcartesianos radicales� se fundamentan, en buena parte, en la imposibilidad de negar que con Descartes se inaugura una mirada sobre lo humano basada absolutamente en su capacidad de pensar.
Sin embargo, con el planteamiento del cogito cartesiano aparecieron las acusaciones en su contra y en contra de sus excedentes: se condena el excesivo �nfasis en el pensar, derivado de la autoposici�n del cogito, en detrimento de otras dimensiones de lo humano (lo corporal, lo pulsional, lo econ�mico); se devela que no existe empresa humana, privada o p�blica que, pretendiendo tener como �nico garante la raz�n, no haya fracasado hist�ricamente (por ejemplo, el Estado, la ley, la justicia, la libertad, la fraternidad, etc.); se lamenta que la raz�n se haya reducido al mero uso instrumental, lo que ha generado una colonizaci�n del mundo de la vida por parte de la ciencia, la t�cnica y la l�gica del capitalismo; se denuncia que el cogito �contrario al car�cter �asexuado� que pudiera atribu�rsele� tiene rostro de hombre, occidental, blanco, heterosexual y, por supuesto, capitalista... Y la sola menci�n del rosario de cr�ticas podr�a ocuparnos hasta el cansancio.
Es innegable la fuerza hist�rica de las diatribas contra la subjetividad de cu�o moderno. Por eso no es gratuita la naturalizaci�n del punto de partida anti-cartesiano en el mundo acad�mico: pararse del lado de los opositores de las herencias cartesianas podr�a denotar un compromiso te�rico claro respecto a una comprensi�n de la complejidad del ser humano �somos cuerpo, lenguaje, inconsciente, pulsi�n, historia� y una apuesta pol�tica de reivindicaci�n de aquellos que, en aras de la racionalidad universal de obligatorio cumplimiento, han sido excluidos de los c�nones de la Modernidad[1].
Empero, en esta primera aproximaci�n a nuestro asunto queremos dejar sugerido que el punto de partida anti-subjetivista, esbozado en las posturas que diluyen al sujeto en las estructuras, en el poder, en los flujos de informaci�n, en la virtualizaci�n de las relaciones, etc., puede hundir al ser humano concreto, de carne y hueso, al ciudadano com�n, en el fango de la desesperanza o del escepticismo, pues: �qu� cabe esperar, si de m� nada depende, si soy una pieza m�s del engranaje de los sistemas en los que se mueve aquello que antes, ilusoriamente, llamaba mi existencia, si, en �ltimas, yo no existo?
Ahora bien, veamos el problema del sujeto en �mbitos hist�ricos, f�cticos, centrando la atenci�n en el discurso pol�tico-educativo y en sus implicaciones formativas. En este �mbito se suelen naturalizar recursos ret�ricos sobre el papel de la educaci�n ciudadana en la definici�n de un nuevo futuro, m�s prometedor que el actual, m�s justo, m�s incluyente; pero, �qu� hay de gratuidad en este tipo de identificaciones?, �acaso no ha contribuido la escuela, desde su mismo origen, a la formaci�n de subjetividades pol�ticas m�s o menos funcionales a los fines del Estado?, �qu� cosas innovadoras atraviesan hoy el discurso educativo que permita vislumbrar caminos distintos a los que ya se han trasegado antes?, �existe en el orden discursivo la apelaci�n a un sujeto pol�tico distinto de aquel que se inscribe en abstracto en las tantas veces declaradas prioridades nacionales: desarrollo social, bienestar para todos y equidad?, �la configuraci�n de lo ciudadano favorece o restringe la construcci�n de subjetividad pol�tica?, �en qu� medida, de qu� modos? Estas preguntas nos obligan a tematizar el concepto subjetividad pol�tica y a problematizar su aplicaci�n en contextos situados (escuela, comunidad).
Partimos de considerar que las versiones rivales sobre el sujeto tienen muchos campos de batalla, no s�lo te�ricos sino, sobretodo, pr�cticos: en la pol�tica, en la �tica, en la moral, en la pedagog�a. En las p�ginas que siguen, centramos la atenci�n en cinco referentes para pensar la vuelta al sujeto y a su constituci�n en la esfera p�blica, lo que podr�amos, tentativamente, denominar subjetividad pol�tica.
Utilizamos la figura del �fragmento� como testimonio de los quiebres del sujeto que, a su vez, se traducen en la imposibilidad de constituir una teor�a monol�tica sobre la subjetividad. Empero, guardamos la esperanza de que la fragmentaci�n del discurso no impida la discusi�n en torno a un mismo asunto: �c�mo agenciar procesos de construcci�n cr�tica y transformadora de subjetividad?
En estas notas se oyen las voces, las ideas y los aportes de maestros y maestras que participaron en los proyectos apoyados por el �Programa de Implantaci�n de Proyectos de Investigaci�n� (IPI), en la l�nea �Participaci�n, democracia y gobierno escolar�, desde agosto de 2005 (Ministerio de Educaci�n Nacional � Universidad Pedag�gica Nacional). Ellos y ellas siempre mostraron su preocupaci�n por reflexionar en torno a la formaci�n pol�tica en la escuela, suscitar espacios de participaci�n real y efectiva de los actores escolares en la toma de decisiones respecto a sus propios destinos, configurar y ejecutar planes y proyectos de vida personales y comunitarios, nacidos de las expectativas vitales de los participantes, de la recuperaci�n de los sentidos y significados dados a sus pr�cticas, de la reconstrucci�n cr�tica de las memorias individuales y colectivas. Va nuestro agradecimiento a todos aquellos que hicieron sonar la multiplicidad de sus voces en esta experiencia compartida
1. Primer fragmento. La identidad: entre lo propio y lo ajeno
No basta con ser otro para ver: ya que desde el punto de vista suyo, el otro es un s� mismo, y todos los dem�s son b�rbaros. La exotop�a debe vivirse desde el interior; consiste en el descubrimiento, en su coraz�n mismo, de la diferencia entre mi cultura y la cultura, mis valores y los valores. Se puede hacer este descubrimiento para s�, sin abandonar en ning�n momento la tierra natal, apart�ndose progresivamente �aunque no del todo� del grupo de origen; se puede acceder tambi�n a trav�s del otro, pero en este caso antes hay que realizar igualmente un examen de s� mismo, �nica garant�a para poder dirigir hacia �l una mirada atenta y paciente (Todorov, 1993: 35).
Identidad es una de esas palabrejas que resuenan no sin malestar en los c�rculos intelectuales; hija de los griegos, especialmente de Parm�nides, Plat�n y Arist�teles, en la Modernidad adquiri� diversos matices que a lo largo y ancho de las cr�ticas del siglo XX se han puesto en tela de juicio. Aunque no es �ste el lugar para enumerar las posturas que a este respecto se hallan en disputa, s� es posible afirmar que la autoposici�n de la conciencia tuvo como uno de sus derivados la certeza del mantenimiento de un s� igual a s� mismo. En el plano individual, se exalt� la ecuaci�n �identidad=conciencia� (Locke), como capacidad de mantener �una misma conciencia�, �de repetir una acci�n pasada�, de �traerla a la memoria siempre como la misma�. En el plano social, se fueron configurando los referentes identitarios de la naci�n, lo cual implicaba peque�os universos homog�neos ligados por la etnia, la lengua y las pr�cticas culturales; en el plano pol�tico, el Estado trat� de �garantizar�, a trav�s de la obediencia de sus s�bditos, la culminaci�n de un destino nacional, un destino compartido (Bauman, 2005: 47-53). En cada una de estas versiones de la identidad se manifiesta el inter�s de establecer con toda claridad los l�mites entre el �nosotros� y el �ellos�, entre �lo mismo� y �lo diferente�; �el adentro� y �el afuera�, y en esos l�mites, el mundo deviene en blanco y negro, pues pareciera que s�lo se puede estar en uno de los polos.
Las cr�ticas a estas posturas, junto con los resquebrajamientos de los sistemas sociales, de los Estados, el aumento de las telecomunicaciones, la disoluci�n de las fronteras nacionales en algunas regiones del mundo, dejaron ver que la identidad no era natural, que era un concepto que depend�a siempre del nudo de relaciones intersubjetivas en los que �sta se jugara, en fin, que era un campo de batalla.
El peliagudo meollo de la identidad, la contestaci�n a la pregunta ��qui�n soy yo?� y, lo que es todav�a m�s importante, la credibilidad continuada de cualquiera que sea la respuesta que se d� a semejante pregunta, no se puede formular a menos que no se haga referencia a los v�nculos que conectan al ser con otra gente y se asuma que dichos v�nculos permanecen estables y se puede confiar en ellos con el paso del tiempo (Bauman, 2005: 145).
Una de las ganancias pol�ticas y culturales del quiebre de una identidad monol�tica ha sido, sin duda, el reconocimiento de la inestabilidad de los planes de vida aun en el seno de una misma biograf�a, de la posibilidad de ser respetado en las diferencias de color, credo, condici�n sexual, sistema de creencias, opci�n sexual, otros.[2] Lo propio y lo extra�o en las luchas por la identidad: el caso ind�gena
En este contexto pol�tico e ideol�gico se inscriben, especialmente, las luchas por la identidad, por la recuperaci�n de lo propio que sostienen los pueblos ind�genas o los afro-descendientes. Es la recuperaci�n de lo marginal, de lo que ha sido excluido como lo otro y, en aras de tal alteridad, ha sido puesto bajo el juicio implacable seg�n el cual �deben ser como nos-otros�. Veamos los testimonios de algunos protagonistas de estas luchas:
Nosotros no rechazamos la educaci�n de afuera, porque qu� sacamos nosotros con fortalecer solamente lo propio y quedarnos sin conocer lo externo, vamos a quedar cortos (...) es multiplicar ambas, ese es el esp�ritu que llevamos y creo que los coordinadores de educaci�n, los docentes, los que llegan aqu� reciben esa instrucci�n y con esa capacidad est�n educando a nuestros hijos, porque la idea de nosotros es que al menos ellos mismos reconozcan la identidad, porque un indio sin identidad, un nasa sin identidad, no es nasa (Gobernadora del Cabildo de Santa Rosa, Cauca).
La lucha por la identidad, en este contexto, es una lucha por el reconocimiento que promueven y sostienen sujetos encarnados, comprometidos con tomar en serio su propia historia, como ejercicio pol�tico �que busca llegar a la creaci�n de condiciones para el establecimiento de relaciones horizontales de di�logo con los diferentes� (CRIC-PEBI, 2004: 123).
El testimonio de la Gobernadora ind�gena deja ver la tensi�n (polaridad) entre �afuera� y �adentro�, lo cual resulta problem�tico si cada uno de estos polos se considera en �estado puro�. Quiz�s sea m�s conveniente apostarle a que la lucha por la identidad est� atravesada por el car�cter mutuamente constituyente de lo propio y lo extra�o [en el ejemplo de los nasa, es claro que ellos mismos reconocen que son cat�licos y, al tiempo, creen en los esp�ritus de la naturaleza; son nasas aprendiendo su propia lengua; son maestros nativos que discuten sobre las pol�ticas p�blicas agenciadas por el Ministerio; sus econom�as se articulan alrededor de la minga o el trueque, pero saben administrar los recursos que llegan del gobierno o de las agencias internacionales y rendir informes de gesti�n con los c�nones por ellos establecidos, etc.].
La idea de �luchas ind�genas por la identidad� �y en general, toda lucha por la identidad� tendr�a que dar cuenta del car�cter polimorfo de las distintas culturas, de las diversas cosmovisiones, cada una reclamando legitimidad, derechos, tierras, e intentando articular sus esfuerzos para no seguir desapareciendo ante los embates de los discursos y pr�cticas hegem�nicas, tal como se ilustra en el siguiente testimonio:
(...) a trav�s de la recuperaci�n de tierra, trabajos en minga y peleando los deberes y los derechos al Estado colombiano se logra en el 91 que [se reconozca que] los ind�genas tambi�n tenemos la capacidad de administraci�n, de gobernar un territorio y nos reconocen como un Estado multi�tnico, pluricultural, ya no somos unos salvajes como �ramos considerados antes en la legislaci�n ind�gena, del 91 para ac� ya nos reconocen como cualquier colombiano (Gobernadora del Cabildo de Santa Rosa, Cauca).
Hacia la construcci�n de una comunidad de destino
Los temas de construcci�n de naci�n o comunidad y de formas incluyentes de civilidad pareciera que han tenido que aplazarse indefinidamente o que estuvieran destinados a la suspensi�n, bajo el argumento de que la sobrevivencia est� antes que cualquier distinci�n filos�fica. Sin embargo, estos han descrito un recorrido cierto que se puede constatar en la historia de los movimientos sociales y los liderazgos colectivos ejercidos por comunidades ind�genas y campesinas, grupos y colonias de inmigrantes y diversos sectores obreros y estudiantiles, no sin pocas v�ctimas y con resultados que a�n hoy no son suficientemente alentadores.
Desde el siglo XIX hasta nuestros d�as, la matriz de construcci�n de �lo nacional� estableci� un determinado v�nculo con la otredad cambiante. En este proceso, la sociedad incorpor� tales configuraciones a trav�s de distintos mecanismos. Las pr�cticas sociales y los complejos procesos de afirmaci�n de los distintos grupos humanos generaron comportamientos de valoraci�n, exclusi�n y/o aniquilamiento de otros sectores sociales (Villalpando y otros, 2006: 70)[3].
Lo que est� en juego en ideas como la de una subjetividad pol�tica es mucho m�s que un conjunto de conceptos. Se trata, principalmente, de formas de vida realizables, en principio, de subalternidades que han sido tradicionalmente repudiadas de manera intencional �y en muchos casos, de modo inercial�, que reclaman reconocimiento, a sabiendas de que ello implica trabajar denodadamente para remediar las injustitas hist�ricas cometidas.
De este modo, la apelaci�n al �recurso� de la identidad comporta una dimensi�n fuertemente pol�tica expresada en la idea de la ciudadan�a, la cual presupone la existencia y perdurabilidad de la estructura del Estado-naci�n. La lengua, el g�nero, la religi�n, la raza y la frontera territorial no son suficientes para articular apuestas colectivas homog�neas y dejan de ser contenedores sociales justamente ante la emergencia de otras voces hist�ricamente acalladas, de otras formas de vida.
La exigencia de reconocimiento se distingue de la de inclusi�n aunque la implica. El reconocimiento y valoraci�n de la diferencia significa otorgamiento u obtenci�n del debido respeto a formas de vida no hegem�nicas. La inclusi�n, en todo caso, es inclusi�n social en sentido amplio, esto es, en la creaci�n de herramientas jur�dicas que regulan la convivencia pac�fica entre distintos grupos culturales. Bajo la idea del Estado-naci�n la inclusi�n se da en un sentido restringido, por cuanto s�lo puede ser incluido lo que es susceptible de integraci�n, es decir, aquello que se asemeje a lo hist�ricamente instituido.
La adscripci�n a un colectivo nacional desaparece poco a poco de la agenda educativa y es reemplazada por una formaci�n civilista que enfatiza el respeto a las libertades individuales, el cumplimiento de normas y la tolerancia. De este modo, se describe la transici�n de una especie de sectarismo �fervor nacionalista� hacia una pretendida neutralidad liberal incluyente �cosmopolitismo�. La compleja din�mica del mundo globalizado problematiza y desdibuja la estructura del Estado-naci�n produciendo mutaciones sustanciales al sentido cl�sico-moderno de ciudadan�a. De esta din�mica hacen parte no s�lo las nuevas relaciones de intercambio econ�mico entre naciones y empresas �multinacionales�; la prevalencia de los capitales financieros sobre los bienes de producci�n material; la riqueza vinculada a la especulaci�n del mercado accionario, sino tambi�n la explosi�n migratoria de la periferia al centro [como dolorosamente lo ilustra en Colombia el fen�meno del desplazamiento forzoso]; las reivindicaciones culturalistas y el acceso desigual, de distintos grupos sociales, a capitales econ�micos y simb�licos.
La idea la identidad colectiva, articulada hist�ricamente, esto es, como comunidad de destino, m�s all� de que tambi�n se la piense como comunidad de arraigo (Perez Vejo, 1999: 115), es sumamente fecunda no s�lo porque le advierte al sujeto pol�tico contempor�neo sobre la necesidad de pensarse en t�rminos de proyecto mancomunado, es decir, en t�rminos de comunidad de intereses, sino tambi�n porque precisa de una dimensi�n emocional constitutiva, esto es, ilusiones, sue�os, esperanzas. Esta dimensi�n ha sido poco explorada en las Ciencias sociales y en los Estudios pol�ticos, con seguridad debido al sustento racional en el que se soportan sus supuestos y teor�as y, en consecuencia, debido a la enorme desconfianza que le genera a sus distintas disciplinas (Psicolog�a, Sociolog�a, Antropolog�a, Filosof�a pol�tica, Ciencias pol�ticas, entre otras) trabajar con la sustancia misma de la irracionalidad: los sentimientos, las pasiones y los miedos[4].
Sin embargo, hay casos excepcionales como el que expone Seyla Benhabid (2004), quien fundamenta buena parte de su teor�a sobre la ciudadan�a en el concepto de membres�a pol�tica y aunque su exposici�n apela a recursos argumentativos tributarios de la �tica discursiva (particularmente de Habermas), el concepto mismo de membres�a no podr�a entenderse sin una apelaci�n directa a los sentimientos compartidos y al papel de los mismos en la constituci�n del v�nculo social. El v�nculo se construye de manera tensional en el encuentro y la comunicaci�n de formas de vida nativas con formas de vida for�neas, lo que significa poner de presente la carga cultural que se porta en cada caso. La consideraci�n de la esfera emocional nos permite, adem�s, una comprensi�n meridiana de fen�menos como el nacionalismo (en sus distintas versiones y representaciones); del binomio inclusi�n-exclusi�n; de los vicios y las virtudes c�vicas y de los �valores patrios�, entre otros.
Esto que podr�amos llamar subjetividad pol�tica no se encuentra por fuera de la historia. Se trata, principalmente, de una construcci�n sicol�gica y social que posee un significado diferencial seg�n la �poca y el tipo de sociedad en la que se vive, la intenci�n pol�tica que posiciona al sujeto, sus conflictos y los niveles de aceptaci�n o resistencia que generan sus proyectos sociales en cada contexto. Lo que sea que se postule como subjetividad pol�tica deber� ser, en todo caso, siempre justificada: �qu� implica este tipo de subjetividad en t�rminos de acci�n social y de relaciones intersubjetivas?, �de qu� manera, se supone, se promueve y desarrolla?, �qu� apuestas de sociedad est�n en juego?, �a qu� idea de comunidad de destino se apela?
Podr�amos se�alar a este respecto que una comunidad de destino puede entenderse en dos sentidos: (1) en sentido ut�pico y (2) en sentido tr�gico. El primero comprender�a las proyecciones deseables, los sentimientos positivos, las �buenas intenciones�, en suma, las esperanzas e ilusiones mencionados arriba. En el segundo caso, nos referir�amos a una especie de desilusi�n anticipada y a la certeza de una futura capitulaci�n. En este sentido tr�gico se est�, a priori, destinado a la derrota, bajo la certeza de hallarse regido por las decisiones de semidioses caprichosos y arbitrarios, representados en los agentes econ�micos, los pol�ticos profesionales, o cualquier otro sujeto social considerado relevante o influyente en un momento determinado. En este segundo sentido, el destino se entiende como pre-destinaci�n, esto es, como lo que nos correspondi� vivir y ser, incluso a pesar de nuestros deseos e intenciones, mientras que en el primer caso el destino se entiende como hechura, como contingencia, como aquello que podemos ser. Tal y como veremos en los siguientes apartados, la subjetividad pol�tica es posible en este caso.
2. Segundo fragmento. La Narraci�n
Antes de ir a visitarlo le ped� el favor a un ni�o que fuera y le preguntara si nosotros pod�amos ir a visitarlo con los muchachos de la escuela, que cu�ndo dispon�a de tiempo y que quer�amos ir a hablar con el un rato. El ni�o muy interesado se fue con otro a caballo, y al otro d�a llegaron contando pues que hab�an ido y que el caballo los hab�a tumbado (�), que el m�dico estaba muy dispuesto a recibirnos. Ellos estaban muy contentos por la visita que �bamos a hacer. Nos fuimos a la casa de don Juli�n, y llevamos la grabadora y llevamos la c�mara fotogr�fica. Y llegamos all�, y don Juli�n nos atendi� muy bien, estaba muy contento, �l viv�a solo y estaba muy contento de que lo fu�ramos a visitar. Yo tambi�n quer�a hablar con �l, pues mi �rea es la biolog�a y quer�a hablar con �l sobre el punto de vista de �l como m�dico tradicional y como mayor, sobre los ojos de agua; justamente en su predio est� el nacimiento que surte el acueducto de Segovia. Entonces yo quer�a mirar cu�l era como el punto de vista de �l hacia la protecci�n del agua. Hablamos mucho, �l quer�a hablarnos de todo (...), �l estaba muy emocionado con la visita de los ni�os y les alcahuete� todo lo que ellos quisieron hacer. Los ni�os se metieron a la cocina y le hicieron el almuerzo. �l dijo: �No, es que yo soy el que los voy a atender a ustedes�, y sac� galleta, sac� chocolate y nos atendi�. Entonces, mientras que estaba el almuerzo, nos cont� sobre la educaci�n de �l en la escuela, y que hab�a sido alumno de la escuela de Santa Rosa (�). Cuando le preguntamos cu�ntos a�os ten�a, �l nos dijo que ya no se acordaba cu�ndo hab�a nacido (�). Nos cont� que no era santarose�o, que era de Lame, que hab�a llegado a Santa Rosa por un reclutamiento que hicieron para reparar la iglesia; entonces como que hubo una recogida de ind�genas j�venes para que trabajaran en la reconstrucci�n de la iglesia y �l vino a dar al resguardo. Despu�s, m�s tarde, �l nos llev� a los predios de �l y nos ense�� lo que hab�a. Le preguntamos sobre los esp�ritus que protegen la naturaleza, los nacimientos de agua, y �l nos explic�. Luego nos regal� naranjas para el regreso. En junio pasado don Juli�n se muri�. Estaba con otros m�dicos y toda la comunidad en un refrescamiento, se fue a dormir y no despert�. Los ni�os que estuvieron en la reuni�n cuentan que la noche que �l muri� el abuelo estaba muy contento, y que hab�a dicho: �hay que bailar, hay que gozar�. Tal vez por eso a ellos no se les ha dado nada la muerte de don Juli�n (�). �l era muy importante en la comunidad, era uno de los mayores con m�s conocimiento tradicional (�), nos queda lo que grabamos ese d�a que fuimos a visitarlo y las fotos que le tomamos (Relato del profesor Gabriel Chasqui, julio de 2006).
En la recuperaci�n de lo propio y lo extra�o como constituyentes de una misma historia tejida con m�ltiples hilos, se descubre otra de las capacidades de los sujetos, que Ric�ur (1996) ha dado en llamar: �poder contar y poder contarse�. En las narraciones que tejemos sobre nuestra vida, individual y colectiva, articulamos acontecimientos dispersos en una l�nea temporal que puede ser recorrida en m�ltiples direcciones, y que tiene como fines: 1) Configurar una trama para desplegar un car�cter, una manera de ser propia; 2) Evaluar retrospectiva y proyectivamente el curso de la vida (las iniciativas, los planes de vida, las acciones emprendidas, las promesas). Es a esta configuraci�n a lo que llamamos �identidad narrativa� (Prada, 2006).
Es un poder, una capacidad que, sin embargo, no implica que el sujeto sea due�o del sentido, ni el punto de partida que hace las veces de fundamento. Cuando narramos, son muchas las voces que hablan a trav�s de nosotros, los recuerdos no son del todo nuestros, pues han bebido de otras narraciones, contradictorias o complementarias; aunque puedan ser fijadas en la escritura o de viva voz mediante dispositivos magnetof�nicos o de video, siempre queda algo por decir y algo dicho que nosotros no captamos, algo m�vil y vol�til, que se nos escapa.
La narraci�n es la posibilidad que tenemos de contar historias mediante las cuales le damos a nuestras vidas una orientaci�n en el tiempo. La narraci�n, entonces, nos permite comprendernos y hacernos sujetos hist�ricos, a la vez que nos abre a la idea de proyecto, de ir m�s all� de las circunstancias del presente y de los aconteceres de la vida cotidiana.
Adem�s, la narraci�n tiene vocaci�n de ser un acto intersubjetivo: se narra para alguien, se aprende a narrar de alguien. Es en las tensiones que genera la interlocuci�n, convertidas en exigencia de fidelidad, de coherencia, de veracidad de lo narrado, donde se pone a prueba la identidad: en primer lugar, porque la variedad de narraciones es correlato de la variedad de modos de entender la vida, de valorar lo justo, lo bueno, de reclamar derechos; y esa variedad no es sin�nimo de co-existencia pac�fica[5]; en segundo lugar, porque el no ser due�os absolutos de los sentidos que se ponen en juego en las narraciones sobre nosotros mismos, adem�s de ser testimonio de nuestra fragilidad y contingencia hist�ricas, se convierte en terreno en el que conviven intenciones, ideolog�as, poderes que pretenden monopolizar los relatos, construir un solo tipo de proyectos de vida, en fin, volver a universalizar un tipo de sujeto.
No son ilusorias las amenazas que atestiguan la fragilidad de la identidad personal o colectiva: es digno de destacar que las ideolog�as de poder se proponen, con un �xito inquietante, manipular estas identidades a trav�s de mediaciones simb�licas de la acci�n y, principalmente, mediante los recursos de variaci�n que ofrece el trabajo de configuraci�n narrativa, puesto que siempre es posible (...) narrar de otro modo (Ric�ur, 2005: 114).
Si renunci�ramos a esa opci�n: �narrar de otro modo�, estar�amos declarando del todo la bancarrota de nuestra subjetividad pol�tica y aceptando sumisamente su privatizaci�n. As�, operar�a una doble reducci�n: de un lado, una reducci�n ideol�gica mediante la cual el ciudadano se expresa en la voz del pol�tico profesional y s�lo en �l; y, del otro, una reducci�n cultural, mediante la cual la subjetividad pol�tica se agota en la actividad pol�tica �electorera� misma, sin que all� tengan lugar alguno el encuentro con el otro, la construcci�n y significaci�n de h�bitos y el inter�s p�blico. De manara sint�tica, Carlos Monsiv�is expresa esta idea en los siguientes t�rminos
Una creencia latinoamericana: de la pol�tica (de la cercan�a o lejan�a del poder) todo depende. No es as�, desde luego, y es profundo el poder de la econom�a, de la cultura, de las estrategias de sobrevivencia de las sociedades. Pero la falta de creencia notifica la falta de libertades y derechos civiles, la escasa cantidad de personas que se arrogan la representaci�n de cada una de las naciones (Monsiv�is, 2000: 137).
Propio de una estructura social sostenida en criterios de distinci�n entre los que detentan un amplio capital simb�lico y material y los que no, las actuales formas de vida �promovidas desde el capitalismo y a la vez sustentadoras del sistema� atentan contra los procesos de subjetivaci�n moral (autonom�a) y pol�tica (ciudadan�a) cuando la din�mica social naturaliza la exclusi�n y vulnerabilidad sociales[6]. Desde esta l�gica, la posibilidad de caer en desgracia pareciera ser hoy el �nico criterio que nos iguala a todos. La resistencia del sujeto a quedar difuminado en sus �circunstancias� o a desaparecer en el puro individualismo estar�a en la opci�n de hacer que la solidaridad ocupe el lugar del temor. Esta parece ser una buena raz�n para plantear alternativas a un relato que, entre m�s intenta definirnos, menos alcanza a confinarnos.
En este punto de la discusi�n, si algo puede llamarse subjetividad pol�tica, �sta no podr� ser concebible m�s que de manera narrativa, es decir, en la construcci�n de relatos sobre s� mismo �en tanto individuo y como miembro de colectivos humanos que eventualmente poseen intereses compartidos� y en el significado que el sujeto le otorga a las pr�cticas sociales y pol�ticas. Este �territorio simb�lico-conceptual� implica, al menos, el cruce de las siguientes matrices:
1. Matriz hist�rico-cultural, mediante la cual el sujeto se vincula a tradiciones, costumbres, valores, lengua, formas de vida; expresa la posibilidad de pertenencia a colectivos humanos con intereses compartidos y da sentido temporal o epocal a su acci�n.
2. Matriz socio-cognitiva, referida al tipo de conocimientos y habilidades individuales y de relaciones sociales requeridas para la acci�n.
3. Matriz de inter�s p�blico, basada en la tensi�n entre los fines del Estado y los intereses de diversos sujetos y grupos socales.
Estas matrices confluyen, idealmente, en la b�squeda de la igualdad y la reivindicaci�n de la deferencia: igualdad, en la idea de una subjetividad pol�tica conformada en la inclusi�n y en el ejercicio equitativo de los derechos; diferencia, a partir de la expresi�n de la singularidad y la exigencia de respeto hacia formas de vida no excluyentes. En suma, se trata de una idea reguladora no exenta de contradicciones. La tensi�n est� marcada en t�rminos de la igualdad jur�dica proclamada y la desigualdad econ�mica y social que se vive en el mundo real (Landau y otros, 2004: 10). La subjetividad pol�tica ser�a, en todo caso, un universo discursivo, un campo conceptual en permanente construcci�n.
3. Tercer fragmento. La memoria
Ning�n proceso de entendimiento puede tener �xito en contextos conflictivos marcados por el destino de violencias del pasado, si los sujetos no han consentido previamente en una relectura a profundidad de su propio relato. Esta condici�n autorreflexiva y autocr�tica se le exige a quien quiere comunicar en la no violencia (Ferry, 2001: 40-41).
En este apartado cabe resaltar la relaci�n existente entre �memoria-identidad� y narraci�n. Al respecto, Ric�ur afirma que �la memoria es incorporada a la constituci�n de la identidad a trav�s de la funci�n narrativa� (Ric�ur, 2003: 168). As�, las narraciones que hacemos de nuestra vida son posibles gracias a que recordamos; a su vez, en las narraciones que vamos configurando se reinterpretan las vivencias que se han sedimentado en la memoria.
Tambi�n hay serias sospechas sobre el protagonismo del sujeto en la memoria, ya �sta se entienda como el acto de recordar, o se asuma desde el car�cter objetal de lo recordado. Las razones para sospechar son varias, de las cuales podr�amos mencionar algunas:
- La primera, basada en una ingenuidad inmediatista que pervive en la ecuaci�n �identidad=memoria�, concierne a la imposibilidad de acceder a las vivencias en cuanto vividas; s�lo hay un acceso indirecto en cuanto representadas en la memoria, sin que algo garantice la veracidad de lo recordado ni la autenticidad del ejercicio mismo.
- En segundo lugar, nos hallamos con una sospecha, que hunde sus ra�ces en la lectura monol�gica y solipsista de la subjetividad, seg�n la cual la memoria no es fiable porque gran parte de los recuerdos son tejidos con y por otros, sin que logre saberse cu�les son los l�mites de las construcciones propias frente a las ajenas[7].
- Por otro lado, habr�a que afirmar que la memoria est� constantemente amenazada por el olvido: sea porque se borran las huellas corticales, o se reprimen los recuerdos, o porque hay poderes que imponen sistem�ticamente ejercicios de olvido.
A estos embates hace frente un ejercicio de recuperaci�n-reconstrucci�n de la memoria. Que se borren los recuerdos por efecto de enfermedades neurol�gicas es un asunto que se escapa de nuestras consideraciones; en cambio, s� nos referimos a los otros dos peligros de olvido.
�Qui�n quiere recordar su lengua cuando el recuerdo le trae a la memoria el sabor a cal de las paredes y el peso de la f�rula sobre las manos? �Qui�n quiere recordar que es indio si se vienen con todo su peso hist�rico los apelativos de salvaje, ladr�n de tierras, iletrado? �Qui�n quiere saber d�nde est�n sus desaparecidos si sabe que corre el peligro de desaparecer? �No se nos invita con frecuencia a ver m�s televisi�n, a navegar m�s en la Web y a recordar menos? �No se nos invita a considerar retrospectivamente la historia de la violencia en el pa�s y a confundir amnist�a con amnesia? �No es �sta una decisi�n de olvido rayana en la indiferencia, que impide la consolidaci�n de una manera de entendernos, de construir nuestras identidades?
Vale la pena traer aqu� las palabras de Ric�ur:
(...) el recurso al relato puede convertirse en trampa cuando poderes superiores toman la direcci�n de la configuraci�n de esta trama e imponen un relato can�nico mediante la intimidaci�n o la seducci�n, el miedo o el halago. Se utiliza aqu� una forma ladina de olvido, que proviene de desposeer a los actores sociales de su poder originario de narrarse a s� mismos (Ric�ur, 2003: 582).
De ah� la importancia de un proceso en el que se exorcicen los poderes constituyentes de una memoria impuesta, para dar paso al reconocimiento de una historia con memorias propias, aun cuando �stas, como se dijo atr�s, estuvieran a su vez constituidas por siglos de historia en los que incorporaron maneras de ser nuevas. Se requiere una �voluntad de conocer� que asumen los sujetos como protagonistas y coautores de su propia historia, en contraste con el esp�ritu de apat�a y escepticismo que invade algunos espacios sociales:
Este desposeimiento va acompa�ado de una complicidad secreta, que hace del olvido un comportamiento semi-pasivo y semi-activo, como sucede en el olvido de elusi�n, expresi�n de la mala fe, y su estrategia de evasi�n y esquivez motivada por la oscura voluntad de no informarse, de no investigar sobre el mal cometido por el entorno de cada uno, en una palabra, por un querer-no-saber (Ric�ur, 2003: 582).
Consideramos que la memoria se configura desde distinto tipo de registros. Uno de ellos apela a las experiencias, a las vivencias, tanto individuales como compartidas, y se expresa mediante testimonios personales; otro tipo de registros convierte los aconteceres en objeto de an�lisis, traduci�ndolos, finalmente, en leguaje acad�mico, en teor�as; y un tercero recupera elementos de car�cter cognitivo y otros de car�cter �tico, y se expresa de manera simb�lica. La conjunci�n (y tensi�n) de estos tres registros da cuenta de la emergencia o recuperaci�n de la subjetividad pol�tica; se trata de un �mbito intersubjetivo que articula elementos afectivos del recuerdo (del sentido del quehacer de los estudiantes y maestros) con elementos f�cticos de la memoria. La memoria se vincula as� a la idea de proyecto, pero requiere, antes tener conciencia de s�, posicionarse.
4. Cuarto fragmento. El posicionamiento
A lo pol�tico subyace un querer vivir en com�n (Ricoeur, 2000: 149).
En nuestra experiencia en la coordinaci�n de la l�nea �Participaci�n, democracia y gobierno escolar�, en el Colegio Marco Fidel Su�rez de Medell�n, en una conversaci�n con profesores y estudiantes sobre procesos de participaci�n en la escuela, una de las profesoras explicaba que en 1999 tales procesos, en el colegio, no estaban tan organizados como ahora, muestra de lo cual era que, por ejemplo, se eleg�an como personeros o representantes de los estudiantes a los m�s �maquetas�. Al preguntar por el significado de esta expresi�n, nos contestaron que se trataba de alguien �necio, cans�n, indisciplinado�. Seg�n los mismos profesores que participaban en la reuni�n, ese t�rmino est� en desuso; los estudiantes prefieren hoy usar el t�rmino �desatinados�[8].
En el di�logo nos dirigimos a Lina, una de las estudiantes que estaban en la reuni�n y que se hab�a convertido en l�der de los procesos pol�ticos en el colegio:
- Bien, Lina. Si yo tomo este lapicero y defino que en un extremo est�n los desatinados y en el otro los responsables, �en qu� parte del continuo te ubicar�as t�? - Yo me ubicar�a aqu�, dice Lina tocando el extremo imaginario de la responsabilidad. - �Segura? - S� �en tono de molestia por la duda expresada�, yo s� qu� lugar ocupo en este colegio.
Decir �yo� no se inscribe solamente en la buena construcci�n sint�ctica en lengua castellana; es manifestaci�n de una toma de postura frente al mundo: Lina es testimonio de la asunci�n del poder en la escuela que parte del reconocimiento de s� misma, en primera persona, manifestado en su capacidad de autodesignaci�n. Dicha capacidad es puesta a prueba en un contexto que la interpela: �La autodesignaci�n del sujeto hablante se produce en situaciones de interlocuci�n en las que la reflexividad contemporiza con la alteridad: la palabra pronunciada por uno es una palabra dirigida a otro; adem�s, puede responder a una interpelaci�n que le haga otro� (Ric�ur, 2005: 107).
Pero hay un detalle m�s que puede pasar inadvertido por la fijaci�n en la escritura de la conversaci�n sostenida con Lina. �Por qu� era necesaria, una vez que Lina se�al� �el extremo imaginario de la responsabilidad�, una interpelaci�n �cuando se ten�a la intenci�n de generar m�s confianza con ella� con la pregunta por la �seguridad� de su ubicaci�n? Cuando conversamos sobre este impasse, llegamos a una conclusi�n: m�s que intentar la cercan�a, la pregunta dejaba escapar un sesgo constitutivo de la escuela �moderna� que llevamos dentro, consistente en tener como referentes de clasificaci�n de los estudiantes nuestros propios esquemas de racionalidad, nuestra manera de justificar todo cuanto acontece en el abierto mundo de la vida.
�Nosotros los modernos, nosotros los que otorgamos el reconocimiento! Lina se sobrepone, pues sabe su lugar, se lo ha ganado, lo ha construido, se mueve dentro de �l y en cada movimiento lo configura, lo transforma, lo interpreta; y en ese movimiento es capaz de construir su experiencia de s�. Lina es �atinada� porque, como ve�amos atr�s, articula su decisi�n acerca del objeto buscado con la contingencia de los intentos por �dar en el blanco�.
5. Quinto fragmento. La proyecci�n
Una pedagog�a radical tiene que asumir con seriedad la tarea de crear las condiciones para modificar la subjetividad tal como �sta se constituye en las necesidades, pulsiones, pasiones e inteligencia del individuo, as� como para cambiar los fundamentos pol�ticos, econ�micos y sociales de la sociedad que lo contiene (Giroux, 2003: 124).
Recordemos las preguntas que dejamos formuladas arriba, a prop�sito de las diatribas contra el sujeto: �qu� cabe esperar, si de m� nada depende, si soy una pieza m�s del engranaje de los sistemas en los que se mueve aquello que antes, ilusoriamente, llamaba mi existencia, si, en �ltimas, yo no existo?
Esta pregunta ha sido astutamente contestada en t�rminos de utop�as individuales y privatizadas: �La autonom�a ya no significa el desarrollo de las capacidades del desarrollo propio, el pensamiento cr�tico, la instancia pol�tica y el liderazgo moral, sino que se ha transformado bajo los imperativos del mercado en una persecuci�n implacable de ganancia personal, y una explosi�n de intereses propios brutales� (Giroux, 2005: 156). �A qui�n le importa si es alguien o si es un excedente del mercado, si, en �ltimas, puede comprar, vender, viajar, operarse la nariz o los gl�teos y narrar lo que se le antoje siempre y cuando su narraci�n �tolere� las versiones rivales que circulan por el ancho mundo de la �sociedad de la informaci�n�? Por supuesto, esta pregunta cabr�a plet�rica en quienes pueden, en efecto, comprar, vender, viajar y acceder a la red; otros, los m�s, tienen que preguntar: �A qui�n le importa pensar en la identidad, en la memoria, en el exorcismo del olvido, cuando nada ni nadie, m�s que yo mismo, garantiza mi existencia en condiciones dignas?
Lejos de este espacio de discusi�n una visi�n apocal�ptica (�Fin del mundo!). Siempre cabe la utop�a, mientras se tenga claridad de que nos referimos, no a una entidad abstracta, irrealizable, intemporal, sino a un realismo tensionante cuya fuerza jalona procesos sociales, individuales y colectivos en la medida en que es referente para otear que �algo falta� (Giroux, 2005: 153).
Pensar-vivir la subjetividad hoy implica hacer posible plantear sue�os realizables, que: partan del reconocimiento de lo propio en tensi�n con lo extra�o; recuperen las memorias para rastrear aquello que es susceptible de constituir un horizonte de expectativas; saquen del olvido aquello que otros o nosotros mismos depositamos bajo el supuesto de que no era importante, creyendo que s�lo era plausible recordar �lo correcto� (�qui�n, qu� instancias han determinado los m�rgenes de tal �correcci�n�?); dejen en el olvido lo que se convierte en trauma, en impulso de repetici�n; y, sobre todo, asuman como propia la historia como espacio de posibilidades:
Se requiere de un conocimiento que facilite a quien lo construye y a quien lo utilice el darse cuenta de lo que significa ser sujeto: en suma, que contribuya al desarrollo de su conciencia como protagonista de la historia, por lo tanto, constructor de las circunstancias que conforman el espacio de su destino. En �ltima instancia, que pueda dar cuenta de esos espacios indeterminados de la historia en los que descansa la posibilidad misma de su construcci�n por los hombres (Zemelman, 2005: 26).
La esperanza estriba en aquellos que se niegan a permitir que la opresi�n de la mente y del cuerpo se transforme en opresi�n del esp�ritu y que resisten a la grotesca identificaci�n de la educaci�n con los intereses econ�micos de la clase dominante. Librado a que lo devore la oscuridad que existe fuera de lo concreto de la lucha hist�rica y colectiva, el deseo se transforma en fantas�a, empe�ado en una b�squeda infinita de aquello de lo que carece. Pero la raz�n cr�tica puede darle alas al deseo, de modo tal que pueda extenderse m�s all� de las limitaciones del momento presente, a fin de transformarse en sue�os de posibilidad. Y con los sue�os pueden hacerse cosas maravillosas (McLaren, 1994: 112).
El discurso actual sobre la ciudadan�a en la escuela pone el foco en el aprendizaje de valores c�vicos, lo cual es muy importante para cualquier tipo de ordenamiento social. Sin embargo, no repara demasiado en el asunto de la formaci�n de subjetividades pol�ticas. Es como si el desarrollo de la conciencia moral, entendida como creaci�n de h�bitos y competencias individuales, fuera una idea ajena a la de la construcci�n de proyectos sociales. Su separaci�n anal�tica (para fines puramente comprensivos) puede conducir, si no se toman los recaudos necesarios y si no se discute esto m�s a fondo, a un proceso de des-subjetivaci�n pol�tica en t�rminos de individualizaci�n y control instrumental de las pr�cticas colectivas, sociales y comunitarias.
Hemos entendido aqu� por subjetividad pol�tica una construcci�n semi�tica en absoluto homog�nea y unitaria; m�s bien, por el contrario, heterog�nea y diversa, fragmentaria y compleja, que no por ello ininteligible y difusa. Hemos optado as� por una indagaci�n que s�lo es posible de manera dialogal, conversacional, pues tambi�n se encuentran en juego imaginarios pol�ticos y proyecciones de sociedad en condiciones hist�ricas exigentes y en un contexto social problem�tico y riesgoso, todo lo que, en buena medida, se encuentra presente en testimonios como el que escogimos para cerrar este ac�pite:
Profesora: Bien, aqu� tenemos muchos problemas de violencia en la comuna (barrio) que para estos ni�os hace muy dif�cil mantenerse en la escuela. Hace poco tuvimos a un ni�o, David, que estaba involucrado en asuntos il�citos, eso m�s o menos se sab�a por lo que el ni�o le contaba a sus compa�eritos, por lo que se dec�a en la calle y por su comportamiento aqu� en el colegio. Era dif�cil llamarle la atenci�n, siempre contestaba mal, insultaba a todo el mundo, le pegaba a los ni�os m�s peque�os. Con �l todo era muy complicado. En una ocasi�n, en clase de Ingl�s, yo le llam� la atenci�n porque estaba molestando a los compa�eros e interrumpiendo mi clase. Entonces, me dijo cosas horribles y tuve que pedirle que saliera del aula y que me esperara afuera para conversar. �l sali� y, sin dejar de tratarme mal, me amenaz� de muerte. Una a esas amenazas no les pone mucho cuidado, pero s� me result� muy ofensivo. En fin, David no me esper� y enseguida se fue del colegio, eso sucedi� un lunes. El martes no vino a clases, el mi�rcoles tampoco, yo estaba pensando ir a buscarlo a su casa, pues es relativamente cerca de ac�. Bueno, el jueves saliendo ya del colegio algunos ni�os me dijeron que me entrara r�pido que David me estaba esperando. Estaba armado de parrillero (en el puesto de atr�s de una moto) y esperaba por m�. Yo entr� como pude y el portero de la escuela me dijo que el ni�o me estaba esperando para matarme desde hac�a rato. Sin embargo, �l no me avis�. Esas cosas pasan, la gente sabe que van a matar a otro y se esperan para ver el espect�culo, pero este tipo trabajaba en el colegio y yo eso no lo pod�a admitir; bueno, luego puse la queja por escrito y lo trasladaron a otro sitio. - �Qu� hiciste, entonces? P: Me asust� mucho, pero �que pod�a hacer?, es mi escuela, y aqu� me siento bien, aqu� hago mis proyectos, es parte de mi vida, as� que lo pens� todo el resto del d�a, llor� mucho, uno no se imagina que este tipo de cosas le puedan pasar nunca. Pero bueno, me toc� y ten�a que enfrentarlo. Al otro d�a, o sea el viernes, llegu� al colegio y como no ten�a clase temprano me fui a la casa de David. Golpe� en la puerta y me abrieron, me abri� �l mismo, se puso p�lido al verme. Le pregunt� si estaba su mam�, que quer�a hablar con los dos, que no se preocupara. La mam� del ni�o me hizo seguir. El sitio era muy humilde, usted se podr� imaginar, todas las cosas amontonadas, la cocina y las camas todo en un mismo cuarto. - �Cuantos a�os ten�a David en ese momento? P: En ese entonces ten�a como 15 a�os. Bueno, yo les dije que estaba preocupada porque David no hab�a vuelto al colegio, y le cont� a la mam� lo que hab�a sucedido el d�a anterior. - �C�mo reaccion� la mam�? P: No dijo nada, se qued� callada, al final su �nico comentario fue: ��Uy, profesora, de la que se salv�!� Bueno, yo entend� que ah� no hab�a mucho que hacer, entonces le ped� a David que sali�ramos a conversar, �l ya estaba m�s tranquilo y me fue contando en qu� cosas andaba metido. Estaba trabajando, hac�a ya unos meses, con una banda dedicada al sicariato (asesinato por contrato), �l hab�a comenzado de campanero (especie de vig�a), pero me cont� que hab�a ascendido y que ya estaba en otras cosas. - Y, �qu� pas� despu�s? P: Bueno, lo convenc� de que volviera al colegio. �l empez� a confiar mucho en m�, se fue vinculando a mis proyectos, se sinti� cada vez m�s reconocido, se sali� de grupo ese en el que andaba. Los cambios fueron lentos pero estaba en un proceso y algunos compa�eritos fueron muy afectivos con �l. Es un ambiente dif�cil en el que viven estos ni�os. - S�, est� bien todo, pero yo no dejo de pensar que hubieras podido morir y muy posiblemente tu muerte hubiese quedado impune. P: No, usted no ha entendido nada. - Bueno, d�game. P: Aqu� la �nica vida que val�a la pena salvar era la de David. Los ni�os como �l nunca han tenido nada, han carecido de todo, de afecto, de cuidado, de las cosas materiales m�nimas para vivir con dignidad. El ni�o me cont� que tuvo un padrastro que lo violaba continuamente, que luego los abandon�. Eso es com�n por ac�. Ese es el mundo que David conoc�a. En la calle las cosas no son muy distintas. Mire, salv�ndole la vida a David �porque en lo que �l andaba metido se vive poco�, gener�ndole otras posibilidades, de paso salv� mi propia vida, y de esta manera mi intenci�n de quedarme trabajando en esta escuela que amo tanto, pero, de pronto, tambi�n, se le pudo salvar la vida a unas diez personas m�s, a esas que David�, bueno usted entiende �cuantas vidas van?, sume, dos m�s diez suman doce, doce vidas, ��se da cuenta!? David logr� graduarse del colegio el a�o pasado, ahora trabaja como obrero de la construcci�n, me lo he encontrado algunas veces cuando llego al colegio y �l va a su trabajo, siempre me grita �Chao profe�, sonr�e y esa sonrisa vale todo para m�. Yo a veces soy muy pragm�tica y me siento como mal por eso, pero tambi�n pienso en los ni�os y en las oportunidades que todo el tiempo les negamos �usted que piensa? E: (Silencio)
Vislumbrando a donde quer�amos llegar�Nos interes� anudar aqu�, argumentativamente, elementos de car�cter narrativo, en dos sentidos: en el orden expositivo general y en las implicaciones que se derivan de cada relato, dado que en ning�n caso consideramos que se trate de l�gicas, estrategias o recursos antag�nicos (la narraci�n y la argumentaci�n); por el contrario, sus diferencias se subrayan y destacan no s�lo si se contrastan, sino tambi�n si se articulan. Nos hemos valido, entonces, de una perspectiva reconstructiva y comprensiva (Ricoeur) que, en t�rminos pr�cticos, se presenta de manera sint�tica en los siguientes t�rminos:
Es lo propio de las reconstrucciones descentrar las narraciones, estructur�ndolas en argumentaciones. Esta estructuraci�n de los argumentos arranca los relatos de manos de ese dogmatismo de la facticidad, que consiste en presentar la historia propia como si, por s� misma, y sin tener en cuenta historias en competencia, pudiera constituir un derecho. No obstante, es articulando los argumentos a los relatos, es decir, contextualiz�ndolos de acuerdo con las vivencias biogr�ficas que la reconstrucci�n supera las posibilidades de una argumentaci�n desconectada de lo particular (Ferry, 2001: 40). Es necesario advertir que lo que aqu� hemos llamado subjetividad pol�tica es susceptible de ser moldeado y convertido en artificio instrumental mediante el cual se homogenizan demandas sociales y se fragmentan iniciativas colectivas. La l�gica economicista que fundamenta esta orientaci�n sostiene y reproduce, a la vez, lo que podr�amos denominar inclusi�n suspendida, esto es, la indefinici�n, la pr�rroga y la incertidumbre de nuestros ideales y proyecciones pol�ticas m�s caros. Este rasgo end�mico de nuestro fr�gil orden democr�tico podr�a resumirse en los siguientes t�rminos: tanto los individuos como los colectivos sociales emp�rica y socialmente excluidos suelen tener esperanzas de inclusi�n que se re-editan constantemente, pero que nunca se realizan. La lucha por los derechos sociales �salud, educaci�n y trabajo� y por los culturales �autodeterminaci�n, reconocimiento� ejemplifica esta trayectoria, pues estos existen de manera nominal, por ejemplo, en la Carta pol�tica de nuestra naci�n, pero en la realidad social son inexistentes. Son reales en tanto prescripciones discursivas, pero irreales en el funcionamiento concreto del Estado o en el cumplimiento efectivo de sus obligaciones constitucionalmente delineadas.
La apertura hacia otras cosmolog�as, hacia otras sensibilidades y formas de vida, es una condici�n b�sica del respeto activo, del debido reconocimiento, de la aut�ntica alteridad. La emergencia de otros relatos, su puesta en di�logo, nos permite, tambi�n, apreciar lo nuevo como lo otro que nos constituye, esto es, como posibilidad de ser. Desde una pretensi�n de entendimiento, la narraci�n del otro, su memoria, su posicionamiento ensancha las fronteras de nuestra propia subjetividad, nos hace comprender, en suma, nos permite aprender. Los relatos de las maestras y maestros que nos acompa�aron en esta experiencia, sus escrituras, sus afectos, sus certidumbres y sus dudas restituyen lugares otros e invaluables al cuerpo en la escuela; a la resistencia inteligente y recursiva de la comunidad ind�gena frente a la indolencia del resto de la sociedad; a la valent�a, la creatividad y el compromiso de los maestros de la comuna urbana en respuesta a la violencia; y a los j�venes que se atreven a creer en s� mismos y en su potencial como maestros de la vida.
Estas experiencias nos ense�an que la pol�tica tambi�n es una construcci�n est�tica, una respuesta intersubjetiva, dial�gica a la pasividad y el aniquilamiento. �La literatura como todo arte �dice Fernando Pesoa� es una confesi�n de que la vida no basta�, de que nuestras experiencias son insuficientes, nuestros relatos limitados. Son las historias del otro �sus relatos, sus haceres, su arte� las que nos permiten la reconstrucci�n y re-escritura de nuestra propia historia, de nuestra propia subjetividad.
Referencias bibliogr�ficas
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[1] Esto �ltimo puede evidenciarse en el reconocimiento �otorgado y ganado� de otras racionalidades, en la asunci�n de las diferencias �tnicas, culturales, sexuales, etc., como una condici�n pol�tica de las sociedades contempor�neas. Ante esto �ltimo, siempre queda la sospecha de si lo que sostiene tanta tolerancia no es la indiferencia de quien goza de una �posici�n universal privilegiada� (Zizek, 2005: 234). [2] Esto ha dado en llamarse multiculturalismo. �ste no es, ni mucho menos, un nuevo a priori desde el que pueda leerse la sociedad en todas sus complejidades. Siempre hay que tener a la vista que mientras unos pueden acceder a un sinn�mero de variaciones imaginativas y reales de la propia identidad, como un juego de m�scaras, o pasar de un pa�s a otro con un clic o un pasaporte, a otros se les impone el exilio o el desarraigo. A este respecto no podemos dejar de recordar las advertencias que hicieran Zizek y Bauman sobre la explosi�n de las luchas particulares en defensa de la identidad. Ambos coinciden en afirmar que las m�ltiples batallas por el reconocimiento pueden generar un radical desinter�s respecto a los �otros� ante quienes se levantan los l�mites borrosos de la propia identidad, todo lo cual va en detrimento de la construcci�n de proyectos sociales comunes en los que el respeto a las diferencias no excluye el pensar un mundo mejor para todos (Bauman, 2005: 82). Asimismo, se esfuerzan en se�alar que las lecturas del multiculturalismo liberal respecto a las luchas por las diferencias se producen �contra el fondo de una barrera invisible pero sumamente prohibitiva: el sistema capitalista global puede incorporar las ventajas de la pol�tica postmoderna de las identidades en la medida en que ellas no perturben la circulaci�n uniforme del capital� (Zizek, 2005: 235). [3] La actual experiencia de construcci�n de un Plan Nacional contra la Discriminaci�n (INADI) en la Argentina (al cual adscribe, entre otros, el estudio coordinado por Villalpando) representa un valioso intento de apertura a nuevos escenarios de ciudadan�a incluyente y deliberativa. La plataforma DHESC (Derechos Humanos, Econ�micos, Sociales y Culturales) impulsada en Colombia, especialmente, desde la red de ONGs de derechos humanos, hace consonancia con estos mismos fines. [4] Desde la perspectiva de la �tica discursiva, en la vertiente de Kart-Otto Apel, lo irracional no se identifica con un eventual abandono de un sentido de lo humano sino, espec�ficamente, con la ausencia de criterios para orientar la acci�n y con la preeminencia de la espontaneidad como base para la toma de decisiones (Apel, 1989; Ruiz, 2006). [5] En una sociedad atravesada por la lucha entre distintos modos de vida (�tnicos, sexuales, pol�ticos, simb�licos, etc.), parece que no tiene sentido el sue�o por alg�n tipo de m�nimos universales. La pregunta que sigue resonando apunta a la pertinencia de la utop�a de un mundo en el que es posible la diferencia en el marco de un m�nimo �tico de tolerancia comprometida, de justicia social, de derechos realmente incluyentes, de proyectos que apunten a un mundo mejor para todos. [6] Para Pierre Bourdieu �La cultura que une (medio de comunicaci�n) es tambi�n la cultura que separa (instrumento de distinci�n) y que legitima las distinciones constri�endo a todas las culturas (designadas como sub-culturas) a definirse por su distancia con la cultura dominante� (1999: 68). [7] �(...) la memoria individual toma posesi�n de s� misma precisamente a partir del an�lisis sutil de la experiencia individual y sobre la base de la ense�anza recibida de los otros (...). Atravesamos la memoria de los otros, esencialmente, en el camino de rememoraci�n y del reconocimiento (...). Los primeros recuerdos encontrados en el camino son los recuerdos compartidos, los recuerdos comunes (...). Del rol del testimonio de los otros en la rememoraci�n del recuerdo se pasa gradualmente a los recuerdos que tenemos en cuanto miembros de un grupo; (...). Accedemos as� a acontecimientos reconstruidos para nosotros por otros distintos de nosotros� (Ric�ur, 2003: 159).
[8] Para aclarar m�s la fuerza de esta expresi�n, valdr�a la pena recordar que �tino�, seg�n el Diccionario de la Real Academia Espa�ola, adem�s de significar �habilidad o facilidad de acertar a tientas con lo que se busca�, quiere decir: �Acierto y destreza para dar en el blanco u objeto al que se tira�; o: �Juicio y cordura�. As�, pues, la expresi�n adquiere fuerza cuando, adem�s de dar cabida a la tensi�n entre el azar que implica �andar a tientas� �que es una de las manifestaciones de contingencia existencial� y la definici�n de un objeto de b�squeda �proceso que exigir�a una toma de iniciativa�, se tiene en cuenta que depende de una capacidad de juzgar, es decir, de elegir, de distinguir, de relacionar, de considerar como bueno o malo, conveniente o inconveniente.
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Revista Lindaraja. ISSN: 1698 - 2169 N� 8, diciembre de 2006
REVISTA de estudios interdisciplinares y transdisciplinares
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